Francisco Salamone, el arquitecto de la Piedra líquida

Hacia el final de la década del ’30 se desarrolló un intenso programa de obras públicas en todo el territorio de la Provincia de Buenos Aires, la más importante de la Argentina. El organizador de esta campaña constructiva fue el Dr. Manuel A. Fresco, un discutido político conservador que gobernó esa provincia desde 1936 hasta 1940. Durante su gestión se levantaron una infinidad de edificios públicos nuevos. El conjunto de la obra de Fresco, proyectada por la Dirección de Arquitectura de la Prov. de Buenos Aires responde al común denominador oficial derivado de los postulados del movimiento moderno con un decidido carácter autoritario. 

El caso de Salamone puede compararse con el de los grandes genios de la música, que contratados por sus coronas compusieron sus más maravillosas obras de arte, que sorprenden por una combinación de autoritarismo, art decó, funcionalidad y escala colosal. Todo ello instalado en medio del dilatado horizonte pampeano. 

Francisco Salamone nació en Leon Forte, Italia el 15 de junio de 1897 y murió en Buenos Aires el 8 de agosto de 1959. Se recibió de maestro mayor de obras en el colegio industrial Otto Krause de Buenos Aires y luego de inscribirse en la Universidad de Córdoba, se recibió en sólo dos años de arquitecto primero y de ingeniero civil poco después (además de técnico y proyectista). Realizó 67 obras públicas en 28 pueblos de la Provincia de Buenos Aires entre los años 1936 y 1940. El gran aliado material de Salamone en esta tarea fue el hormigón (llamado por entonces “piedra liquida”), una innovación que permitía no sólo conquistar las alturas sino que además poseía una elocuencia hasta entonces inimaginable. 

La pampa del hormigón: la audacia de generar imágenes nuevas para los pobladores bonaerenses. 

Hacia fines del siglo XIX y primeras décadas del siglo pasado se erigen en el Partido de Azul construcciones de alto valor arquitectónico. Se destacan las corrientes estilísticas que responden al neo clasicismo, eclecticismo francés e italiano y neo tudor, en su mayoría de importantes dimensiones, con gran riqueza ornamental en el tratamiento de sus fachadas e importantes trabajos de herrería, carpintería, vitrales y mayólicas. 

Dentro de este contexto irrumpe con aire renovador la arquitectura monumental de Salamone rompiendo con los cánones establecidos de belleza y cultura de la época. Se deja establecida una nueva Identidad urbana, que se corresponde exactamente con el pensamiento imperante en las décadas del 30 y 40, en el sentido de la grandilocuencia con que se quería revestir la arquitectura oficial, teñida de la magnificencia de la arquitectura alemana, con plantas renacentista-racionalistas y resoluciones en elevación, adheridas al Art-Decó con carácter monumental. Subraya ademàs el valor simbòlico de la carne en la vida econòmica de la Argentina.

Circuito Salamone

Azul impulsó el plan de obra más importante que le tocó desarrollar a Salamone, para las localidades de Azul, Cachari y Chillar, las principales de un partido que contaba con más de 50.000 habitantes en los años 30. 

Actualmente, las obras del ingeniero y arquitecto Francisco Salamone son reconocidas a nivel internacional y consideradas verdaderas exponentes de la historia de la arquitectura contemporánea de la Provincia de Buenos Aires. 

Estas obras se constituyen en bienes culturales irremplazables por sus características excepcionales y poseen relevancia comprobada como componentes de la herencia espiritual e intelectual de nuestra comunidad.  Salamone es un objeto de culto en el mundo de la arquitectura y sus márgenes, por una serie de razones: 

  1. El demencial cruce de estilos de esas construcciones monumentales que erigió en medio de la pampa; 
  2. El hecho de que se “especializara” en tres rubros de lo más elocuentes: mataderos, cementerios y palacios municipales; 
  3. El breve y febril lapso de cuarenta meses en que realizó toda su obra (unos 60 edificios en más de 15 pueblos perdidos de provincia _perdidos en 1940 la mayoria era de menos de 1000 habitantes) supervisando desde el primero hasta el último detalle en cada una de ellas, y 
  4. Que todas esas edificaciones fueran un proyecto de connotaciones ideológicas de lo más sugestivas, encargadas en persona -y salteándose licitaciones- por el gobernador provincial, de francas simpatías fascistas.

Mientras este gobernador adjudicaba al arquitecto Bustillo la magna tarea de urbanizar la Bristol en Mar del Plata, queda para Salamone “consolidar urbanísticamente” todos aquellos humildes asentamientos que seguían siendo sucedáneos de los fortines defensivos levantados a fines del XIX para protegerse del indio, o nacidos como puntos intermitentes de concentración sembrados cada cincuenta kilómetros por la avanzada del ferrocarril.

“lo que Fresco dispone lo construye Salamone, cuando Fresco pone un ladrillo lo llama Bustillo”

Además de la grandeza del Estado, también la omnipresencia divina se vio plasmada en las estructuras grandilocuentes que Salamone concibió para los cementerios. Los enormes portales de acceso enfatizan la frontera entre las ciudades de los vivos y las de los muertos.

En 2002 su legado fue declarado patrimonio cultural de la provincia de Buenos Aires a través de la ley 12.854 y en 2010 el proyecto de creación de un circuito cultural fue incluido dentro del Plan Federal Estratégico de Turismo Sustentable.

Galería Fotográfica

Para contextualizar y entender aún más su obra

Breve marco histórico / político de los años 30  

Transcurría la década del 30 y en Europa los estados liberales burgueses entraban en crisis surgiendo regímenes totalitaristas como los de la ex Unión Soviética, Alemania, España, Portugal e Italia con el fascismo y su corporativismo. Algo parecido ocurría en América Latina con movimientos y revoluciones totalitaristas y con instituciones corporativas al servicio del Estado como en el caso de Brasil, Chile, Uruguay y Perú.

Argentina no fue la excepción y con el Golpe de estado del 6 de septiembre de 1930 perpetuado por Agustín P. Justo y José Félix Uriburu, se da fin al Gobierno Radical de Hipólito Irigoyen, creando organizaciones paramilitares de estilo fascista.

El 31 de agosto de 1931 se fundó el Partido Demócrata Nacional (PDN).

Comienza pues una época de censura, violencia, proscripción y fraude conocida como la década infame. En 1931, con la abstención Radical, llega al gobierno nacional el General Agustín P. Justo.

En la Provincia de Buenos Aires el 12 de Octubre de 1931 asume como Gobernador Federico Martínez de Hoz del PDN, posteriormente y como consecuencias de conflictos partidarios internos en una asamblea del PDN el 21 de febrero de 1935, se proclamó la fórmula Manuel Fresco – Aurelio Amodeo. Cabe destacar que en esos momentos Fresco (reconocido caudillo nacionalista que había sido Diputado Provincial en los períodos 1919 – 22, 1925 – 28 y Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación entre 1933 y 1935) se encontraba en Italia visitando al Papa y Mussolini.

Ante la negativa de renuncia de Martínez de Hoz, se interviene la Provincia y en las elecciones del 3 de noviembre de 1935 se imponen Fresco – Amodeo.

Propone como eje para su mandato la modernización del Estado por medio de obras públicas y atención social de la salud y la vivienda. Impulsó una red de caminos de 2.500 Km. promoviendo turístico. Facilitó a habitantes rurales el sueño de la tierra propia. Construyó más de 100 escuelas y hospitales. Y aquí es donde entra en acción Francisco Salamone como principal mano ejecutora del ambicioso plan de obras públicas que Fresco encarara en el interior de la Provincia.

Adoptó los lemas “DIOS, PATRIA, HOGAR” y “ORDEN, DISCIPLINA, JERARQUÍA”.

Utilizó la Radio Oficial que él creara, para la difusión de arengas de la Italia fascista y la Alemania nazi.

Decretó la obligatoriedad de la enseñanza del catolicismo en las escuelas.

Fresco quiere ser candidato a Presidente de la Nación pero las pujas internas dentro de su partido terminaron proclamando como fórmula electoral a Ortíz – Castillo. El carácter antifascista y liberal de Ortiz, contrapuesto a los ideales de Fresco logra desestabilizar su gobierno para finalmente el 7 de mayo de 1940 concretar la intervención a la Provincia.

Mientras tanto el Partido de Azul era gobernado por el Dr. Agustín J. Carús del PDN desarrollando políticas que lo destacó por años entre varios Intendentes.

Por la ubicación geográfica Azul fue pionera y de avanzada, de un porvenir y estilo único, lo que la hacía una de las ciudades más importantes del interior.

En 1936 la población del partido era de unos 60.000 habitantes.

Azul poseía un trazado urbano con gran parque, anchas avenidas con bulevares de tilos y naranjos, balneario, costanera, paseos en lancha por el arroyo, calles asfaltadas, imponentes edificios, numerosos comercios e industrias como cervecería, jabonería, hielo y curtiembre, usinas y cooperativa eléctrica local y establecimientos rurales ejemplares.

Rutas de conexión con ciudades vecinas y Buenos Aires; Ferrocarril desde Constitución y el provincial hacia La Plata y un aeródromo con escala de vuelos entre Buenos Aires y Córdoba. También hospital de primer nivel y casas de estilo variado. Sede de Tribunales Provinciales y Federal, de Diócesis y de importante regimiento.

Numerosos clubes destacándose el de Remo y Polo, el Tiro Federal y el Hipódromo. También el Teatro Español, varios periódicos, radio, bancos. Destacada actividad artística en pintura, las letras y la música. Publicación de revistas y libros de tirada nacional y una importante biblioteca.

Una aproximación a la Biografía de Francisco Salamone

Francisco Salamone D´Anna, nació el 5 de junio de 1897 en Leonforte, Sicilia, Italia. Arribó a nuestro país en 1903 junto a sus padres y hermanos. Tal vez el oficio de su padre, constructor, haya sido influencia decisiva.  Concluyó sus estudios como Técnico Constructor en la Escuela Industrial Otto Krausse. luego comienza arquitectura en La Plata, Posteriormente se radica en Córdoba donde trabajó junto a sus hermanos, en la construcción y pavimentos mientras estudiaba en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de Córdoba, graduándose como Ingeniero Arquitecto primero e Ingeniero Civil posteriormente. 

En 1919, gana dos medallas por sus diseños en exposiciones internacionales de Milán y Barcelona (también incluía esta información en sus sellos). Sus primeras obras, en diferentes localidades cordobesas, son paralelas a su breve militancia política (es candidato a senador provincial en 1923, pero luego de perder se aleja del Partido Radical y de las arenas políticas). Si bien se inscribe en la Sociedad Central de Arquitectos porteña, se mantiene al margen de la actividad intelectual y social de sus colegas. Dato significativo, y paso a explicar por qué: en 1924, sale segundo en un concurso para el diseño de carátula de la revista de la SCA, pero no le publican el material (era tradición publicar siempre todos los trabajos premiados);

en 1925 A los 28 años se casó con Adolfina, hija del cónsul británico en Bahía Blanca José Croft, relación que luego le abriría las puertas a su obra más importante.

poco después, en 1926, genera un escándalo en otro concurso, esta vez para la construcción de la Bolsa de Comercio de Rosario, donde el proyecto ganador es, según nuestro personaje, un calco del Banco de la República de Uruguay, donde el jurado era sugestivamente el mismo que en el concurso de la Bolsa de Rosario. Salamone acusa de fraude al jurado (integrado por la cúpula de la SCA: el presidente Coni Molina y el arquitecto Christophersen) y la SCA amenaza con echarlo de la institución. Por misteriosos motivos el asunto no pasa a mayores, pero la relación queda francamente deteriorada: desde entonces, las únicas comunicaciones entre la entidad y su asociado son una serie de reclamos por el pago de la cuota que culminarán, unos años después, en la decisión final de Salamone de quitar de su tarjeta y papelería el título de arquitecto. Pero antes de eso tiene lugar un drástico golpe de suerte que cambiará la vida del joven siciliano: se muda a Buenos Aires y aquí conoce a un caudillo nacionalista de Avellaneda devenido gobernador de la provincia por su estrecho vínculo con el golpista Uriburu: el ya mencionado Manuel Fresco.

En 1935 se instala en la ciudad de Buenos Aires donde realizó un edificio en Av. Alvear esquina Ayacucho.

Interviene en planes de obras públicas de la Provincia de Buenos Aires, durante la Gobernación de Martínez de Hoz, y luego por contratación directa, durante el mandato de Manuel Fresco.

Un golpe de suerte 

Estamos en 1936, y las obras públicas (de edificios y caminos) son uno de los motores esenciales para la reactivación económica, en un país aún azotado por el crac mundial del 29. Bajo el lema “Dios, Patria y Hogar”, el gobernador Fresco (un hombre cuyas simpatías fascistas lo llevaban a saludar públicamente con el brazo en alto, además de ensalzar sin pudor al Duce), decide encarar un ambicioso plan de edificaciones en los 110 municipios de provincia, para “dignificar el perfil oficial y paisajista de la región”. Mientras el “patricio” ministro de Obras Públicas José María Bustillo adjudica a su hermano, el arquitecto Alejandro Bustillo, la magna tarea de urbanizar la playa Bristol en Mar del Plata, queda para Fresco el enorme patio trasero que era el sudoeste de la provincia, y éste elige a Salamone para “consolidar urbanísticamente” todos aquellos humildes asentamientos que, hasta los años 30, seguían siendo sucedáneos de los fortines defensivos que se habían levantado a fines del XIX para protegerse del indio, o bien habían nacido como puntos intermitentes de concentración sembrados cada cincuenta kilómetros por la avanzada del ferrocarril.

De la noche a la mañana, Salamone se convierte en el proyectista más activo en toda la provincia (por entonces circulan dos dichos populares; uno de ellos dice: “Lo que Fresco dispone lo construye Salamone”; el otro corrige: “No se mueve un ladrillo sin que lo diga Bustillo”). Mientras Bustillo redefine “elegantemente” Mar del Plata con el estilo neoclásico que imprime al Casino, el Hotel Provincial, el Municipio y la gran Rambla con su plaza seca, piletas cubiertas y enormes vestidores en sus balnearios (una tarea que le llevó diez años enteros), a Salamone le alcanzan menos de cuarenta meses para la titánica tarea de poblar los pueblos perdidos de la pampa de edificaciones monumentales e imposibles de definir estilísticamente. A esa combinación delirante de elementos del art déco y el futurismo, del funcionalismo racionalista y el clasicismo monumentalista (aplicada a edificaciones tan simbólicas como mataderos, cementerios y palacios municipales) hay que sumarle el efecto que producen esas elefantiásicas y aluvionalmente mestizas construcciones sobreimpresas al inalterable horizonte pampeano, empequeñeciendo aún más esos pueblos de casas chatas y escasas calles. Por si todo esto fuera poco, la obra de Salamone plantea dos problemas adicionales a los estudiosos de laarquitectura: 1) que el tipo no dejó un solo escrito teórico o apunte personal fundamentando el porqué de esa decisión estilística (lo que deja a los estudiosos pedaleando en el aire, a tal punto que el investigador del Conicet Dardo Arbide puede reivindicarlo como producto puro del Cubismo Checo; el profesor Mario Sabugo opta por bautizarlo como Futurismo Populista Bonaerense, y el mencionado Belucci habla en cambio de lo anticipatorio que es Salamone del estilo iconográfico de Las Vegas y Disneylandia); y 2) el espíritu ideológico que originó el megalómano proyecto y terminó “envolviéndolo” (a falta de reflexiones del propio Salamone), atribuible al fascista Fresco.

El gobernador Fresco le encargó la construcción de más de 60 obras públicas en 14 delegaciones de la provincia de Buenos Aires, que construiría en tan solo 4 años (1936-1940). El caso de Salamone puede compararse con el de los grandes genios de la música, que contratados por sus coronas compusieron sus más maravillosas obras de arte.

Las moles que hablan 

No es casualidad que las obras de Salamone se centraran en tres instituciones-eje en la vida de los pueblos pampeanos, como cementerios, mataderos y municipios. En el proyecto de Fresco, era imperativo que el municipio se convirtiera en el corazón urbano de cada pueblo (así como el matadero y el cementerio debían “anunciar” la entrada y la salida del centro urbano, uno en cada extremo). En cuanto a los municipios, la elección que hace Salamone del monumentalismo (en lugar de alguna variante aggiornada del cabildo con recovas o el palacete neoclásico) apunta a transmitir el paternalismo estatal con su nuevo signo de eficiencia administrativa (“la máquina de tramitar”). A tal punto el municipio debe regir simbólicamente las vidas del pueblo que el arquitecto remata la construcción con una torre que supera en altura hasta el campanario de la iglesia, a la que corona con un inmenso reloj (ya no es la evolución del sol sino el municipio el que da la hora “oficial”). En cuanto a los mataderos, debían ser símbolo orgulloso de la nueva industria, con la creciente mecanización del faenado y la imposición de mayores medidas sanitarias, desde las salas azulejadas hasta las bombas eléctricas y los laboratorios (en este caso, a falta de signos visibles exteriores fuera de los corrales, Salamone optó por convertir la fachada del matadero en verdaderas ornamentaciones simbólicas, a las que imprimió forma de enormes cuchillas verticales). En cuanto a los cementerios, tener familia enterrada consolidaba el sentido de pertenencia a ese asentamiento urbano de parte de los sobrevivientes. Para consolidar ese vínculo, Salamone opta por enfatizar casi operísticamente la frontera entre la ciudad de los muertos y la ciudad de los vivos, edificando enormes portales de acceso (con gigantescos cristos cubistas y ángeles guardianes, o monumentales inscripciones RIP en letras de granito negro que alcanzan por sí solas los quince metros, a los que hay que sumar la altura del portal que las contiene).

El gran aliado material de Salamone en esta tarea fue el hormigón (llamado por entonces “piedra líquida”), una innovación que permitía no sólo conquistar las alturas sino de elocuencia hasta entonces inimaginable. A eso le sobreimprimía revoques lisos y uniformemente blancos (el color democrático, además de económico). También se encargaba obsesivamente del diseño de los interiores, combinando siempre geométricamente pisos de granito (que venía de las canteras de las sierras pampeanas), con aberturas de hierro, metales cromados y opalinas en los artefactos lumínicos y carpinterías en nogal. Los baños eran de diseño igualmente funcional y luminoso, con azulejos de piso a techo y griferías sin molduras innecesarias (vale aclarar que, en el caso de los muebles, sus diseños no eran especialmente felices, ni en innovación ni en comodidad, como puede verse en la silla oficial del intendente de Laprida, cuyo respaldo altísimo repite los trazos de la torre que remata la sede municipal).

La tremenda ironía es que, mientras Bustillo se dedicaba a inaugurar en Buenos Aires el tedioso edificio del Banco Nación, que según sus propias declaraciones a la prensa “fijaba el punto de partida del Estilo Clásico Nacional Argentino” (sic), las demenciales moles de hormigón de Salamone se alzaron en localidades ínfimas, además de perdidas (en la mayoría de los casos su población no alcanzaba al millar de habitantes, como Salliqueló, Urdampilleta, Saldungaray, Puán, Laprida, Lobería, Cacharí, Carhué o Carlos Pellegrini), casi “a espaldas” del progreso pretendido prepotentemente por el gobernador Fresco. Aun así, hay anécdotas legendarias, como la que se cuenta en Laprida, donde el caudillo del pueblo, un tal Martínez, que había llegado a intendente, interceptó al mejor estilo cuatrero el tren que llevaba más al Sur (aparentemente a Bahía Blanca) las piezas desarmadas de lo que sería el enorme frontispicio de la necrópolis local, y a punta de pistola ordenó: “El cementerio se queda acá”.

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