El Libertador que no quiso gobernar a los argentinos

José de San Martín murió en Boulogne-sur-Mer, Francia, el 17 de agosto de 1850. Habían pasado 26 años desde que abandonó Buenos Aires rumbo a Europa. Durante ese tiempo vivió en Bélgica, Inglaterra y Francia, lejos de la tierra por la que había luchado y de la política de la nueva nación que había ayudado a construir.

La imagen tradicional suele presentar este período como un retiro voluntario y casi apacible. Pero detrás de ese retiro hubo conflictos políticos, acusaciones, decepciones y una decisión que marcaría definitivamente sus últimos años: San Martín no estaba dispuesto a desenvainar su espada contra otros argentinos.
Y esa decisión tuvo un precio: el exilio.


De libertador de América a hombre incómodo en Buenos Aires

Cuando San Martín regresó a América en 1812, todavía era un desconocido para buena parte de los dirigentes porteños. Él mismo recordaría que fue recibido inicialmente con desconfianza, entre otras razones por sus largos años de servicio en el ejército español.

Sin embargo, en poco más de una década se convertiría en una de las figuras centrales de la independencia americana.

Después de las campañas de Chile y Perú, llegó el momento decisivo de 1822. En Guayaquil se entrevistó con Simón Bolívar y poco después abandonó la conducción política y militar del Perú. Renunció al poder y regresó a Chile y luego al Río de la Plata.

Pero la Argentina que encontró ya no era la misma.

La caída del poder central había dejado a las provincias enfrentadas y Buenos Aires atravesaba una intensa disputa política. San Martín comprendió que su prestigio militar podía convertirlo en protagonista de esas luchas.

Y no quería serlo.


Rivadavia y el deterioro de su relación con Buenos Aires

Uno de los principales obstáculos para su regreso fue la relación con Bernardino Rivadavia, figura central del gobierno porteño.

El conflicto no fue solamente personal. San Martín veía con preocupación la situación política y las luchas entre facciones. Además, existían acusaciones que lo presentaban como conspirador y sospechas sobre sus posibles intenciones políticas. El Instituto Nacional Sanmartiniano señala que los enfrentamientos internos y la hostilidad del gobierno de Buenos Aires fueron factores decisivos en su partida de 1824.

En febrero de 1824, San Martín decidió marcharse nuevamente hacia Europa acompañado por su hija Mercedes, que tenía entonces siete años.

No era una huida de América.

Era, en buena medida, una retirada de la política argentina.


¿Por qué no se quedó en Mendoza?

Esta es una de las claves para entender su exilio.

San Martín había pensado en regresar a Mendoza y llevar allí una vida privada. Pero la situación política argentina no ofrecía las condiciones que buscaba.

Había pasado buena parte de su vida adulta en campañas militares. Después de liberar territorios, no quería convertirse en un jefe militar que utilizara su prestigio para imponer una facción sobre otra.

Su principio era bastante sencillo y, para la época, extraordinariamente difícil de sostener: no quería combatir contra sus compatriotas.

Por eso, cuando finalmente intentó regresar, volvió a encontrarse con la guerra civil.


1829: el regreso que terminó antes de empezar

Cinco años después de su partida, San Martín volvió a intentarlo.

En 1829 embarcó rumbo a Buenos Aires. Había razones concretas para hacerlo, entre ellas la guerra contra el Brasil y el cambio político producido en Buenos Aires.

Pero cuando llegó al puerto encontró un escenario que probablemente confirmó todos sus temores.

Juan Galo Lavalle había derrocado al gobernador Manuel Dorrego y posteriormente había ordenado su fusilamiento.

La Argentina estaba nuevamente dividida y al borde de una guerra civil.

San Martín estaba a bordo del barco.

Y decidió no desembarcar.

La decisión fue mucho más significativa de lo que parece.

Varios oficiales fueron a visitarlo y le propusieron que asumiera un papel político y militar. Pero aceptar significaba intervenir directamente en la lucha entre argentinos.

San Martín se negó.

Según el relato conservado por fuentes históricas, su razonamiento era que, cualquiera fuera el bando que eligiera, terminaría derramando sangre argentina.

En lugar de convertirse en árbitro armado de la política nacional, eligió regresar a Europa.

El hombre que prefería el exilio antes que una guerra civil

Aquí aparece la verdadera dimensión de su exilio.

San Martín no era un pacifista en sentido estricto. Había pasado décadas combatiendo. Había participado en algunas de las campañas militares más importantes de la independencia sudamericana.

Pero distinguía entre luchar por la independencia frente a un poder colonial y luchar contra compatriotas por el control político interno.

Esa diferencia explica buena parte de sus decisiones.

En una carta vinculada con su frustrado regreso de 1829 dejó expresada una idea fundamental: quería terminar sus días en el retiro de una vida privada, pero entendía que esa posibilidad dependía de que existiera tranquilidad política en el país.

La tranquilidad nunca llegó de manera suficiente como para convencerlo de regresar definitivamente.


¿Entonces San Martín estuvo realmente exiliado?

La palabra “exilio” necesita una pequeña aclaración.

No fue un exilio formal comparable al de alguien expulsado jurídicamente del país. Fue, en gran medida, un exilio voluntario o autoimpuesto, provocado por circunstancias políticas que San Martín consideraba incompatibles con su permanencia en Argentina.

El Instituto Nacional Sanmartiniano lo describe como un “largo ostracismo” iniciado en 1824 y terminado solamente con su muerte.

Pero decir simplemente que “eligió Europa” sería incompleto.

Eligió Europa porque no quería elegir una facción argentina.

Esa diferencia cambia completamente la interpretación de sus últimos años.


Francia: una vida tranquila, pero lejos de la patria

Después de su frustrado regreso, San Martín volvió definitivamente a Europa.

Vivió en Bélgica y luego se instaló en Francia. En 1831 se trasladó a París y posteriormente adquirió una casa en Grand-Bourg. En 1834 compró una vivienda en Boulogne-sur-Mer, donde pasaría sus últimos años.

Allí llevó una vida mucho más discreta que la que había tenido durante las guerras de independencia.

Su amigo Alejandro Aguado, banquero y antiguo camarada de armas, tuvo un papel importante en su estabilidad económica. San Martín también sufrió problemas económicos porque las pensiones que debían pagarle los gobiernos de Argentina, Chile y Perú no siempre llegaban puntualmente.

La imagen del anciano Libertador cultivando su jardín, leyendo y trabajando en su pequeño taller puede resultar casi contradictoria con la del comandante que había cruzado los Andes.

Pero era precisamente la vida que había buscado después de décadas de guerra.


Y, sin embargo, nunca dejó de mirar hacia la Argentina

Su exilio no significó indiferencia.

Cuando Francia bloqueó el puerto de Buenos Aires en 1838, San Martín ofreció sus servicios al gobierno de Juan Manuel de Rosas para defender al país.

La respuesta de Rosas fue que sus servicios diplomáticos podían resultar más útiles que los militares.

Años después, San Martín siguió con atención el enfrentamiento de la Vuelta de Obligado, ocurrido el 20 de noviembre de 1845.

Su admiración por la resistencia argentina frente a la intervención anglo-francesa fue tal que decidió legar su famoso sable a Rosas.

Esto revela una cuestión importante: San Martín podía mantenerse alejado de la política argentina sin dejar de sentirse profundamente argentino.


El precio de mantenerse neutral

La decisión tuvo consecuencias.

San Martín terminó sus días lejos de Buenos Aires, lejos de Mendoza y de los escenarios donde había construido su prestigio.

No volvió a ocupar un cargo político en Argentina.

No encabezó ningún gobierno.

No participó en las guerras civiles.

No intentó convertirse en árbitro de las disputas entre unitarios y federales.

Su silencio político fue, en realidad, una posición política.

Eligió preservar aquello que consideraba más importante: no utilizar su prestigio militar para enfrentar a los argentinos entre sí.


Un final europeo para un héroe americano

San Martín murió en Francia en 1850, acompañado por su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce y sus nietas.

Tenía 72 años.

Habían pasado casi tres décadas desde su partida definitiva de Sudamérica.

Sus restos permanecieron en Francia hasta 1880, cuando fueron trasladados a Buenos Aires y depositados en el mausoleo construido en la Catedral Metropolitana.

Paradójicamente, el hombre que había cruzado los Andes para liberar Chile y que había desembarcado en Perú para completar la independencia sudamericana terminó sus días a miles de kilómetros de la tierra donde había nacido.

Pero su exilio no fue simplemente el resultado de haber perdido una disputa política.

Fue también consecuencia de una elección personal.

San Martín prefirió vivir lejos de su patria antes que regresar para participar en una guerra entre compatriotas.

Y quizá allí esté una de las partes menos conocidas y más profundas de su legado.

No solamente fue el general que ganó batallas.

También fue el hombre que, cuando llegó el momento de decidir qué hacer con su enorme poder político y militar, eligió no utilizarlo contra otros argentinos.

La historia argentina, que tantas veces convirtió sus conflictos internos en guerras, no siempre tuvo la delicadeza de comprender esa decisión.


Una pregunta que todavía incomoda

¿Por qué San Martín terminó sus años en el exilio?

La respuesta más precisa no es simplemente “por diferencias con Rivadavia”, ni “por la guerra civil”, ni “porque quiso vivir en Europa”.

Fue una combinación de factores: el enfrentamiento político de la década de 1820, las acusaciones y sospechas que pesaban sobre su figura, su rechazo a intervenir en las luchas entre facciones y, finalmente, su decisión de no derramar sangre argentina.

Su exilio fue voluntario en la forma, pero profundamente condicionado por la Argentina de su tiempo.

Y existe una ironía histórica difícil de ignorar: el hombre que ayudó a construir la independencia de una nación terminó alejándose de ella porque no encontró un lugar donde pudiera servirla sin convertirse en protagonista de sus divisiones internas.

Quizás por eso sus últimos veinte años en Europa no deberían ser considerados simplemente como “los años del exilio”.

Fueron también los años de su último acto político: negarse a hacer la guerra contra sus compatriotas.


Fuentes consultadas: Instituto Nacional Sanmartiniano, Argentina.gob.ar y trabajos históricos de Felipe Pigna publicados por El Historiador.